¿Eres una persona perfeccionista? ¿Te vanaglorias de ello y le otorgas una relevancia excepcional para demostrar al resto que, de alguna manera, estás por encima? ¿Exiges a los demás con la excusa de que también aportas y requieres intercambios similares? ¿Vives en relaciones calculadas, midiendo lo que otros ofrecen y tasando todo según tus filtros exigentes?

Si has contestado afirmativamente a estas preguntas, estás en lo que, según determinados expertos, se denomina “eneatipo 1”. Bienvenido/a al club, yo también estaba ahí, pero me estoy quitando. ¿Que por qué? Muy fácil, vivía en la angustia continua de comprobar hasta qué punto el resto de personas se adecuaba a mi evaluación personal y subjetiva. Me faltaba ir por la vida con una carpetilla para anotar los tantos de aquellos que no sucumbían a mis deseos. Afortunadamente supe parar a tiempo.

Cuando eres tan exigente, los demás son burros, o lentos, o bobos. No saben el valor de las cosas, no saben llevar un negocio, no tienen ni idea de lo que es trabajar, ni lo que es la organización. En cambio tú, eres como un Dios que debe mostrar a los demás el camino para que no se pierdan. Como tu mente está tan convencida de que sin ti no son nada, te rodeas de personas más bien lentas, tímidas, desorganizadas, que requieren tu ayuda en cualquier ámbito. Te encanta sentir que otros dependen de ti y, como osen opinar diferente, es que son ignorantes. La paciencia no es tu fuerte, tú prefieres las cosas hechas para ayer, y ese ritmo frenético lo arrastras a todos los campos de tu vida.

Cuando vas a esa velocidad, puede ser que el universo te envíe avisos para que frenes, que suelen pasar desapercibidos: enfermedades o molestias que te incapacitan, hechos que te hacen aislarte produciendo máxima tensión y presión en tu vida. Por ejemplo, un día te despiertas sin voz, o con una lumbalgia que te hace quedarte en cama; tu red de Internet desaparece y no puedes hacer absolutamente nada, tu trabajo se queda sin movimiento y te vuelves loco/a pensando que no tienes nada que hacer, etc.

Los tipo 1 tenemos graves riesgos de complicarnos con dolencias largas y tediosas causadas por el estrés y la ansiedad, ya que no sabemos parar, y es entonces cuando la vida nos muestra el camino “a la fuerza”. Nos dice: si no te paras, yo te pararé. Y así, a golpes, llegamos a un momento de crisis en que tenemos que decidir si seguir por la senda de la amargura y la perfección o variar ligeramente el rumbo, no ser tan obsesivos y empezar a eliminar los juicios, los “tengo que”, “tienes que”, “debería ser”.

Yo hace tiempo decidí escoger la senda del equilibrio, porque los unos, cuando estamos centrados, podemos, también, ser seres maravillosos 🙂

 

 

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