Jugar en el equipo ganador significa comprender, de una manera profunda, que no hay rival.

Entender que no hay sacrificio; que empieza el día sin tener que luchar o salir al mundo desde el esfuerzo que supone mirar y ver un mundo hostil. La hostilidad mora en mí cuando yo la veo alrededor.

Jugar en el equipo ganador es sencillo, aunque no por ello fácil. Se trata de decidirlo y comprometerse.

¿Cómo es para mí jugar así?

Saber que mi único templo está en mi  mente, en lo que ésta cree y crea, en lo que decido extender.

Cada día que me despierto, puedo elegir estar en el mundo que parece conspirar contra mí, y esforzarme, luchar, “ganarme un puesto”, destacar, obtener aprobación,…

O puedo despertarme sabiendo que todo lo tengo ya, que no hay necesidad de ajustarse a una imagen, ni mendigar atención, ni cuidar lo que digo con el único propósito de que me admiren.

Cuido lo que digo, hago y pienso, desde mi observadora interna, esa que está alerta para que el ego no se cuele en mi vida.

Cuido lo que digo, no para “parecer ser alguien”, ni para obtener aprobación, sino poniendo amor y dando sin intenciones, sólo por el placer de dar y sabiendo que yo me llevo el mejor regalo.

Y no importa cómo el otro lo reciba, porque no me mueve otra cosa que ver amor dondequiera que miro.

Esa es la auténtica liberación.

Por fin entendí que, si quiero ayudar a liberar mentes, lo único que tengo que hacer es tomar conciencia, poner honestidad y liberar la mía.

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