Cada día él se sienta en el mismo banco del parque, para verla pasar.

Hace como que hace otras cosas, y cuenta las rosas, sabiendo que sólo hay una a la que quiere.

Igual que El Principito con su capa al viento, él suspira por su rosa y suplica que una mirada suya se vaya a cruzar con sus ojos. Y entonces ella entenderá.

Cada día yo le observo, mientras arreglo las flores del parque. Le miro con ternura, le veo más capaz de lo que él nunca se ha imaginado.

Y cuando me acerco para regalarle una flor, se aparta, porque siente que traiciona a su rosa.

Cuánto miedo a perder hay en su mirada, cuánto miedo a ganar la paz que le quita su flor.

Cada día, a la misma hora, él se sienta en el mismo banco. Cada tarde, cuando anochece, le veo marchar como quien ha perdido toda su fortuna en una jugada.

Y me alejo sonriendo, sabiéndole ganador.

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