La más dura pobreza es la de espíritu. Aquella que busca encasillar y jerarquizar todo; que busca especialismo en cada detalle: para sentirnos por encima o por debajo de otros.

Este intento de separación (“yo soy/no soy así”), se nutre con la proyección de culpa sobre los demás, con la necesidad de tener la razón, de ver el mundo bajo nuestro prisma como si fuera una verdad absoluta.

El mundo no nos hace nada; vemos e interpretamos la realidad según nuestros propios filtros, que se aseguran de fortalecer nuestras creencias más profundas.

A menudo, es más fácil seguir viendo las cosas de forma automática que tomar las riendas de nuestra vida.

Pero si tomamos conciencia y observamos estos patrones que nos han acompañado largo tiempo, podemos desmontarlos y darnos una nueva oportunidad, liberando nuestra mente.

De lo contrario, no habrá palabras suficientemente bonitas para quien ha decidido no escuchar.

 

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