Muchas veces, en Psicoterapia, me ha tocado ser frenada por mi propia Maestra, y posteriormente también me ha tocado frenar a otras personas.

¿A qué me refiero con esto? Al momento en que el bucle se instaura, no queremos escuchar ni ver el camino de salida; anhelamos tener razón, que nos curen las pupitas y nos den un caramelillo que pone “pobrecilla”, a modo de consolación por todo el mal que hemos pasado.

En cambio, en ese momento sentimos la bofetada de realidad chocando estrepitosamente contra nuestra arrogancia. Apretamos los dientes y pueden suceder dos cosas: intentamos seguir teniendo razón o nos quedamos en total silencio.

Generalmente, cuando hay una inclinación muy fuerte a salir del infierno de nuestra mente envenenada, nos quedamos escuchando. Incómodos, con rabia, pero de alguna manera intuimos que debemos poner atención y callar.

Nuestro ego sigue con la espada en alto, desconcertado pero listo para contraatacar. Y de fondo, esa vocecita sutil que susurra: escucha.

Tenemos tantos muros construidos para proteger el parapeto que hemos construido durante años, que cuando un ladrillo empieza a moverse, el pánico se apodera de todo nuestro cuerpo. Emociones intensas emergen a la superficie y tragamos saliva sin saber cómo enfrentarlas.

El sistema egótico se da cuenta de la brecha. Nos han descubierto, así que debemos pensar en una nueva ofensiva para intentar llevarnos un cachito de gloria.

Entonces llegamos al momento “Sí, pero”, tras el cual vendrán algunos más. Queremos aparentar que cedemos a lo que nos dicen, pero aún aspiramos a que la otra parte admita que podemos tener razón. (Si no gano, quizás pueda empatar).

En cambio, no se han tragado la disculpa y necesitamos seguir argumentando. Entonces urdimos la estrategia más maravillosa jamás pensada: el terapeuta también está en nuestra contra.

Nuestro sistema de creencias está acostumbrado a defenderse cuando siente que alguien conoce su entramado, y surge el miedo porque si estas cosas salen a la luz, entonces ya no puedo seguir fingiendo, ya tengo que tomar responsabilidad y dejar de culpar al mundo. Tengo que armarme de valor y hacerme cargo de mi vida. Tengo que aprender a elegirme y dejar de esperar que otros me elijan.

Tengo que morir, para nacer de nuevo.

Tengo que despertar, y recordar quién soy.

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