Mis primeras nociones de Dios fueron las de un señor sentado en el cielo que me vigilaba para saber si me estaba portando correctamente. Tardé en saber que Dios es mas bien un estado de conciencia, y que yo pertenecía a su mismo linaje. Nadie me explicó que el reino de los Cielos está en mi mente y que puedo entrar cuando quiera porque es mi herencia natural; que me corresponde sin tener que ganármelo, sin tener que portarme como el mundo espera que lo haga, sin tener que acusar a otros para librarme de mi culpa inconsciente, acumulada minuto a minuto.

Cuando me reconcilié con Dios, dejaron de importar las quejas, el dolor y el sufrimiento que se habían vuelto parte de mi expresión facial, de una cara que sonreía para alegrar a la audiencia y que esperaba de los demás una migajitas de atención y de validación, para sentir que estaba en el camino correcto.

Entendí que había usado mi cuerpo para castigarme, haciendo más grande el sentimiento de abandono que ya era un compañero fiel desde pequeña. Pude mirar de cerca todo el dolor acumulado por la falsa creencia del no merecimiento.

Comprendí cómo había utilizado mi trabajo y mis estudios para seguir pensando que nunca hay suficiente sacrificio, dedicación, dificultad. Que debo buscar el perfeccionismo porque en el fondo yo no soy suficiente y debo hacerme ver y valer de alguna manera. Entonces encontré en los empleos el medio perfecto para olvidarme de mí misma y pasar horas con la mente en otro lugar, no queriendo mirar de cerca mi vacío existencial.

Cuando encontré a Dios, supe que nunca me había separado de él, aunque la vida en el sueño me sigue atrapando de mil maneras enmascaradas, haciéndome creer que el sueño es Dios y que el mundo es quien verdaderamente me puede hacer feliz.

Pero cuando has probado la dicha, aunque sea un segundo, no temes despedirte de lo que un día fuiste, de los personajes que mantuviste por miedo. Sabes que esta vida consiste en abandonar esos ropajes ya roídos y evolucionar, cuanto antes mejor, hacia una versión más elevada. Diciendo Sí a la vida y Sí a todo lo que traiga, sin juzgarlo como bueno o malo, porque todo es parte del mismo plan para regresar a casa.

Recuerda quién eres, recuerda dónde está tu casa.

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