Había una vez un rayito de sol que vivía feliz en el cielo. Un día quiso saber cómo sería convertirse en el gran sol, y le preguntó al mismo sobre esta posibilidad. Pero el sol le respondió que no era posible, ya que él extendía su luz a partir de los rayos, y no podía ser al revés.

El rayito quiso igualmente vivir esa experiencia, y para ello soñó. Para poder jugar a crear, se caracterizó en un cuerpo y decidió nacer en un planeta llamado Tierra. Se sentía con mucha expectativa en su nuevo rol pero, al mismo tiempo, con miedo por haberse separado de su padre. En realidad, la culpa por haber intentado usurpar el lugar del gran Sol, se había convertido en una pesadilla, una carga que no lograba aliviar.

En la Tierra había más personajes como él: una familia, amistades, amores, diferentes posesiones, recursos de todo tipo para estar entretenido; pero en el fondo el rayito seguía sintiendo el mismo desasosiego. Desde su llegada a este nuevo mundo, había intentado tranquilizarse con todos estos elementos y una voz en su interior le animaba a seguir luchando y esforzádose por encajar en el mundo. Había una promesa oculta que le instaba a permanecer fuera de su esencia, que él apenas recordaba.

A veces, la culpa era tan dolorosa, que se imaginaba volviendo a su hogar, pero esa voz siempre presente le disuadía diciéndole que el gran Sol iba a rechazarle y a castigarle por haberse marchado. El rayito fue olvidando poco a poco su origen y, para no cargar con tanta culpa, miraba en las demás personas en busca de “pecados”. De esa manera, él se sentía un poco menos culpable.

El rayito de sol se encontraba un día tan cansado, que se puso a llorar desconsolado y oyó una tenue canción. Era una melodía lejana pero muy conocida, y decidió comprobar de dónde procedía. Había un músico tocando en la calle y a partir de aquel momento se hicieron amigos.

El rayito visitaba con frecuencia al músico para deleitarse, y éste le propuso aprender a tocar por sí mismo. Primero tenía mucho miedo pero fue accediendo, ya que aquellos sonidos le producían mucha paz.

A medida que el rayito iba mejorando con su música, aprendió a oírla continuamente, incluso cuando no la tocaba, y ésta fue ocupando el lugar de la otra voz que siempre hablaba de lamentaciones. Hasta que un día, el rayito no necesitó tomar más lecciones y su Maestro se presentó ante él.

Has recordado tu función y con ella tu origen, el lugar al que perteneces. Ya no necesitarás tocar más, porque tu canción está ya ocupando por completo tu mente. Mi función termina aquí.

En ese momento, el rayito se vio despojado de su cuerpo y se elevó por encima de las nubes, para ocupar el lugar que nunca había dejado de pertenecerle.

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